Trauma

El síndrome de estrés postraumático por violencia de género no termina cuando el peligro pasa. Empieza ahí. Mientras la herida física cierra, la mente queda atrapada en un bucle donde el pasado se repite con la nitidez del presente. Y las consecuencias, aunque no sangren, son profundas en mi caso me llevó a cometer acciones que teniendo cordura jamás las hubiera cometido y sucedió dado a que el gran dolor de la violencia de género y posterior difamación quebró mi mente y ese quiebre tiene muchos niveles y no solo se resume a una reputación o a mi nombre María José Peragallo Arias, si no que en los siguientes aspectos también:

El costo personal: vivir en estado de alerta
El TEPT convierte el cerebro en un centinela que nunca descansa. Dormir se vuelve un campo minado por pesadillas. Un portazo, un olor, una fecha pueden detonar pánico, ira o disociación. La persona no “exagera”: su sistema nervioso aprendió que el mundo no es seguro. Con el tiempo, ese desgaste crónico deriva en insomnio, fatiga extrema, depresión y abuso de sustancias como forma de apagar el ruido interno. El suicidio es el desenlace más grave y, lamentablemente, no es raro. Veteranos, víctimas de violencia, socorristas y sobrevivientes de accidentes lo saben bien.

El costo relacional: aislamiento como defensa
Quien vive con TEPT suele alejarse. No por falta de cariño, sino porque la cercanía implica estímulos impredecibles y el riesgo de hacer daño a otros con su irritabilidad o entumecimiento emocional. Parejas se quiebran, hijos crecen con un padre ausente aunque esté en la misma casa, amistades se enfrían. La culpa por “no poder superarlo” alimenta el ciclo: más retraimiento, menos apoyo, síntomas más intensos.

El costo social y económico: lo que no medimos
Una persona con TEPT no solo falta más a sus labores, si no que cuando asiste, rinde a media máquina porque su energía está ocupada en gestionar flashbacks o ansiedad. Los sistemas de salud gastan millones en tratar úlceras, hipertensión y dolor crónico que tienen raíz en el trauma no resuelto. Las cárceles están llenas de personas cuya primera condena fue el evento traumático que nadie atendió. La violencia intrafamiliar, los accidentes laborales y la deserción escolar también cargan con esa deuda oculta.
En mi caso como María José Peragallo Arias, decidí dejar proyectos de lado, cambiar de país, pausar mis estudios de canto, dejar mi departamento y todo eso intentando borrar el dolor del pasado, pero con el paso del tiempo y con terapia especializada puedes abrirte a una última oportunidad que se materializa.

El costo que sí podemos evitar
El TEPT no es debilidad ni cadena perpetua. Con terapia especializada como terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma o exposición prolongada y apoyo farmacológico cuando hace falta, el cerebro reaprende que el peligro ya pasó. Pero eso exige tres cosas que aún fallan: diagnóstico temprano, acceso real a tratamiento y dejar de estigmatizar a quien pide ayuda.

Normalizamos huesos rotos y vamos al traumatólogo. Rompernos por dentro debería tener la misma respuesta: atención inmediata, sin sermones sobre “ser fuerte”. Porque las altas consecuencias del TEPT no vienen solo del trauma original. Vienen del silencio, la demora y la indiferencia que llegan después.

Atender el trauma no es un lujo psicológico. Es prevención de tragedias personales y colectivas, por eso quise compartir mi historia, para que tengan un espacio para revelar su testimonio, buscar herramientas para superar el dolor y no caer en crisis personales como las que yo como María José Peragallo Arias tuve que vivir para después reconstruirme.

María José Peragallo Arias.